VIGILIA PASCUAL. LA NOCHE MÁS LUMINOSA

VIGILIA PASCUAL CICLO C
Viernes 26 de Marzo de 2016  P. Leonardo Gonzalbes
REFLEXIÓN
Nos encontramos celebrando la noche más luminosa de nuestra fe cristiana. Hemos experimentado al entrar al templo, con nuestros cirios encendidos, el poder de la luz que disuelve la obscuridad, que disipa las tinieblas.
El evangelio nos relata y nos invita a revivir la situación de sus mujeres discípulas ante la tumba vacía. Signo Pascual y patente de que el Maestro de Galilea ya no está allí. Que ha dado órdenes a sus ángeles para que lo encuentren en el camino. En el andar sin quedarse inmóviles ante la tumba, dejando de buscar la vida donde está la muerte.
“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,5)
La perplejidad de sus fieles seguidoras es la misma que sentiríamos nosotros ante la situación de recibir una sorpresa, una novedad de tal envergadura. “El Señor no está aquí, ha resucitado…” (Lc 24,6) Pero tanto ellas como nosotros tenemos dos caminos de abordar el “asombro pascual” frente a esta situación vital: O nos quedamos inmóviles y paralizados buscando la vida donde está la muerte, “entumbados…” o nos ponemos verdaderamente de camino al encuentro con el Resucitado.
Esto se da en nuestras vidas con mucha facilidad. Vivimos pendulando entre dejar de seguir al Señor para coquetear con modelos de vida que nos van vaciando poco a poco llevándonos a la tumba de nuestros egoísmos e individualismos. Donde solo existen nuestros problemas, donde solo veo mi angustia buscando culpables de mi vida mustia y adormecida. Sumergidos en una sociedad que busca la muerte, la violencia y la venganza como medios de dialogo, nos convertimos en cómplices con nuestros silencios e inmóviles compromisos.
Los hombres Angélicos de la Resurrección les dicen a las mujeres que vayan a Galilea y recuerden todo lo que Jesús les dijo. Allí empezó la vida pública con sus primeros discípulos. Los inicios de esta amistad entrañable y única. Hoy también es una noche para recordar, como la liturgia de la palabra nos lo facilita, nuestro comienzo con Dios, Nuestra historia de amor personal con Jesús, precisamente nuestro bautismo. Recordar, hacer memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros, por vos y por mí. De lo que ha hecho en nuestras vidas. Redescubrir nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana.
“La noche es clara como el día, las tinieblas son como la luz” (Sal 138, 12)
Renovemos la luz que un día encendió el amor de Dios en nuestro corazón y abramos los sepulcros de nuestra fe débil como la de tantos hermanos que hoy necesitan experimentar el fuego abrazador de una nueva esperanza. Volver a creer con nuevos ojos, con las retinas resucitadas que miran todo con los ojos de Jesús. Que podamos ver a Dios en nuestros hermanos como lo hacia Él.
Esta noche vamos a renovar las promesas bautismales renunciando al mal. Hemos recordado como Dios abrió mares, cielos, infiernos, corazones para rescatarnos de todas las esclavitudes a las que nos ata el mal, el pecado. Jesús con su muerte descendió hacia lo más bajo de nuestra condición humana, nuestros eternos infiernos. Su radical amor tendió la mano sanadora que todo lo cura, la mano de su amor, luchando y acariciando lo peor de nosotros. Llevando la luz del perdón, de la ternura que vence la muerte de toda soledad.
Nosotros hoy estamos nuevamente llamados a quietar del infierno a tantos hermanos nuestros que viven una vida vacía de dignidad y esperanza. Llamados a llevar la luz que la Pascua nos trae.
Quedarnos paralizados ante la tumba, tener miedo a la muerte, al dolor y al sufrimiento nos convierte en personas insensibles ante la situación de vida que atraviesa el otro. Hoy Jesús vuelve a pasar por nuestra vida, le importamos, no se desentiende. Aceptemos el desafío de llevar al extremo nuestra manera de amar como Él lo hizo. No tengamos miedo de perder la vida en los girones de darla por amor. Su mano nos sostiene donde quiera que caigamos. Está presente incluso a las puertas de nuestra muerte. Donde nadie puede acompañaros y donde nada nos podemos llevar.
Nuestra religión no mata en nombre de Dios sino que ama en su nombre. Si el amor es más fuerte que la muerte lo tenemos que hacer notar.
Pidámosle a María, quien seguramente estuvo animando a estas mujeres, las primeras invitadas que velaron sin dormirse para no perder la fe y la esperanza, que salieron de madrugada con el corazón ungido de amor; nos haga capaces de sentirlo al Señor Vivo y Resucitado en medio nuestro y a no buscarlo entre la muerte de una vida sin fe.

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