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DOMINGO DE PENTECOSTES CICLO C
Domingo 15 de Mayo de 2016
REFLEXIÓN
         1.- Al igual que los discípulos también nosotros permanecemos encerrados por miedo
         Encerrados en nosotros mismos porque pensamos que nuestra fe es algo íntimo y personal que nadie tiene por qué saber.
         Encerrados en nuestra familia como si ser cristianos fuera un asunto que no debe salir de nuestro entorno familiar y no tiene por qué manifestarse en cualquier otro ámbito de nuestra vida.
         Encerrados en el entorno de la parroquia porque creemos que basta con nuestras prácticas religiosas o colaborar en cualquier tarea parroquial para tener la conciencia tranquila.
         Estamos encerrados hasta tal punto que nuestra vida cristiana es paralela a nuestra vida y nuestras actividades cotidianas; no nos compromete a nada ni tiene por qué condicionar nuestro modo de pensar y de comportarnos.
         Y permanecemos cerrados porque tenemos miedo. Miedo a que se burlen de nosotros, a que nos humillen, nos desprecien, nos pongan en ridículo como si nuestros criterios, nuestras opiniones o nuestros comportamientos cristianos estuvieran fuera de lugar. O simplemente porque nos es más fácil no comprometernos y no ser coherentes.
         2.- Necesitamos que el Espíritu Santo cambie nuestro corazón y nuestra vida sufra una revolución radical, como les ocurrió a los discípulos.
         Necesitamos que el viento recio del Espíritu arrastre y limpie todo lo que de viejo e inútil hay en nuestra vida cristina, nos purifique y sean limpias nuestras intenciones, nuestros sentimientos, nuestros deseos, nuestras palabras. Que sea limpio hasta lo más hondo de nuestro corazón.
         Necesitamos que su fuego abrasador nos haga arder en el amor a Dios y a nuestros hermanos para que sepamos acercarnos a los demás con ojos de misericordia, para amar a los que nadie ama, para no pasar de largo ante los que nuestra sociedad considera invisibles, para llevar la ternura de Dios a quienes también son hijos suyos e imagen suya.
         Necesitamos la fortaleza del Espíritu para superar nuestros miedos y debilidades, para anunciar con valentía el mensaje de Jesús, para que nuestras obras manifiesten la presencia de Dios en nuestra vida, para que vivamos con una alegría contagiosa.
         3.- Necesitamos un nuevo Pentecostés, una nueva presencia poderosa del Espíritu que cambie el corazón de los que gobiernan y dirigen el destino de los pueblos. Para que la Iglesia se renueve sin miedo y sea cada vez, de manera más auténtica, la gran familia de los hijos de Dios y haga visible con más transparencia y luminosidad al Dios de la Misericordia que es el Dios del que siempre habló Jesús.
         Pidamos hoy y cada día en nuestra oración que venga el Espíritu sobre nosotros y sobre todos los hombres para que entre todos construyamos el Reino de Dios.

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