DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B
Domingo 8 de Noviembre de 2015
REFLEXIÓN
1.- En general nos resulta bastante fácil caer en la tentación de la vanidad. A todos nos gusta presumir, llamar la atención, que nos admiren, nos alaguen, deseen imitarnos e incluso que nos envidien.
Y esa tentación de la vanidad está presente en todos los ambientes en que nos movemos e incluso en los ambientes eclesiásticos.
Al igual que a los escribas y fariseos hay quien desea llevar ropajes llamativos, ser invitados a grandes acontecimientos, ocupar los primeros sitios, que les hagan reverencias, que admiren lo buenos que son y las abundantes limosnas que dan…
Otros, en cambio, prefieren pasar desapercibidos, no llamar la atención, no ser protagonistas, ni presumir, ni ser admirados, y cuanto hacen es con limpieza de corazón, con bondad, con verdad, con generosidad.
Se parecen más a la pobre viuda que entrega unas pocas monedas que es todo lo que tenía para ofrecérselo al Señor.
2.- Nosotros nos fijamos mucho en las apariencias y por eso nos preocupa qué dirán o qué pensarán de nosotros y en nuestro interior juzgamos y valoramos a los demás por su imagen.
En cambio el Señor ve el fondo de nuestro corazón. Eso es lo que valora y lo que le interesa.
3.- Ahora mismo estamos ante el Señor. Él mira siempre el fondo de nuestro corazón, pero especialmente cuando rezamos, cuando celebramos los sacramentos sobre todo la Eucaristía.
Pensemos un momento: ¿Qué ve el Señor en nuestro corazón? ¿Con qué actitud estamos en esta Eucaristía?
En nuestra vida ordinaria ¿somos vanidoso, nos preocupamos demasiado de nuestra imagen y de lo dirán o pensarán los demás? A veces incluso estamos tentados de engañar a Dios preocupados de lo que Él pensará de nosotros.
¿Solemos juzgar fácilmente a los demás por su apariencia?
Hemos de aprender a ser auténticos, a vivir en la verdad; a no dar una imagen falsa de nosotros mismos. Y sobre todo como cristianos hacerlo todo con un corazón limpio y transparente, y una intención recta. A ser auténticos.

