DOMINGO II DE CUARESMA CICLO C
Domingo 17 de Marzo de 2019
REFLEXIÓN
1.- La liturgia de este domingo nos recuerda que el tiempo de Cuaresma es un tiempo de conversión, de cambio, de transfiguración, de parecernos cada vez más al Señor.
Llegar a esa transfiguración implica ir avanzando en un esfuerzo diario semejante al de ir subiendo a la cima de una montaña. Esfuerzo que lleva consigo superar los obstáculos que vamos encontrando: cansancio, pereza, falta de motivación, falta de interés…
Si dejamos de caminar nunca llegaremos a la cumbre, nunca conseguiremos nuestro objetivo. Llegar a la cumbre es como estar más cerca del cielo, es estar rodeados de silencio y tranquilidad y poder escuchar la voz del Señor, que nos llega buceando en nuestro corazón y escuchando su Palabra, como el Padre pidió a los discípulos: “Este es mi Hijo amado. Escuchadlo”.
2.- Necesitamos ese encuentro personal con el Señor porque sólo Él nos puede transformar, transfigurar, cambiar nuestro corazón, llenarnos de su presencia.
Precisamente por eso, la cuaresma es un tiempo en el que hemos de procurar tener más espacios para leer y meditar la Palabra de Dios, para rezar, para preguntar al Señor qué quiere de nosotros y dejar, rodeados de silencio, que nos envuelva su presencia como los discípulos fueron envueltos por la nube que les llenó de la gloria de Dios.
3.- Los discípulos tuvieron la tentación de hacer lo más fácil: “¡Quedémonos aquí! Haremos tres tiendas”. “No sabían lo que decían”.
Jesús no les da explicaciones, guarda silencio, pero les indica el camino: Hay que bajar del monte, hay que volver a la vida de todos los días, a nuestras tareas cotidianas, y ahí, en esa realidad, ofrecer a los demás nuestra vida transfigurada, transformada, luminosa, derrochando bondad, misericordia, gestos de ternura, manos tendidas a todos los que cerca de nosotros necesitan ser amados porque están solos, están excluidos, se sienten olvidados, se sienten invisibles y sufren por cualquier causa.
4.- Guardemos un momento de silencio en la celebración. Encontremos un tiempo de silencio en nuestra casa o en cualquier otro lugar y revisemos cómo es nuestra oración, qué tiempo le dedicamos, qué lugar ocupa en nuestra vida.
Hagamos un pequeño examen de conciencia para comprobar si vamos superando dificultades y vamos mejorando, aunque sea poco a poco.
Hagamos caso a S. Pablo: No echemos en saco roto este tiempo de gracia y de bendición que nos regala el Señor.

