DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A
Domingo 16 de Julio de 2017
REFLEXION
1.- A pesar de que esta parábola nos resulta familiar por conocida, nos ofrece varios aspectos sobre los que podemos reflexionar:
Tal como lo explica Jesús, nosotros somos la tierra sobre la que el Señor esparce la semilla de su Palabra.
¿Qué clase de tierra somos?
+Podemos ser la tierra dura cuando la Palabra de Dios resbala sobre nuestro corazón, no nos dice nada, no la escuchamos con atención, se nos olvida rápidamente y tenemos cerrados los oídos para escuchar al Señor.
+Podemos ser una tierra pedregosa. Escuchamos la Palabra, nos gusta, pero no la reflexionamos, no llega a echar raíces, no llegamos a descubrir en qué puede mejorar nuestra vida, y fácilmente la olvidamos y lo que podía germinar se seca por falta de agua, por falta de interés.
+Podemos ser esa tierra en la que ocupan mucho sitio, quizá demasiado, los quehaceres de la vida: El trabajo, el descanso, los viajes, las aficiones, los caprichos, las fiestas, las diversiones… Y todo eso son zarzas y cardos que terminan por ahogar una Palabra que ha empezado a germinar pero no la hemos dejado dar fruto. Han tenido prioridad otras ocupaciones y otros intereses y no ha habido bastante tiempo y bastante espacio para Dios en nuestra vida. Dios no es lo más importante y sólo acudimos a Él en momentos de gran agobio y preocupación.
+El Señor quiere que seamos esa tierra buena, arada, esponjosa, bien regada, que acoja con alegría la Palabra de Dios sembrada con tanto cariño por El, y espera que demos fruto.
Cada uno daremos el fruto que podamos y según nuestras posibilidades –el 30, el 60, el 90…– por ciento. Lo de menos es la cantidad. Lo más importante es dar todo el fruto que podamos.
2.- También el Señor quiere que esta parábola sea una Palabra de ánimo.
Los sacerdotes, los catequistas, los padres de familia, los educadores,…. Esperamos que nuestra siembra de fruto y esperamos con ilusión ver cómo van apareciendo en los demás los valores, los criterios, las actitudes, los sentimientos… propios de un cristianos, o al menos de una buena persona, y nos desanimamos cuando no vemos los frutos que esperamos.
El Señor, nos dice: Seguid sembrando. Siempre habrá una parte de la semilla que se perderá, que se secará pronto, pero también habrá siempre una parte de semilla que crecerá, florecerá y dará fruto abundante. Por eso no hemos de dejar de sembrar. No podemos consentir que nuestro desánimo se convierta en desgana y haya tierra buena que podría recibir y producir buena semilla y dar frutos abundantes.
Sigamos sembrando, más que con nuestras palabras con nuestros ejemplos, con nuestras obras, con nuestras actitudes.
En primer lugar reflexionemos: ¿Qué clase de tierra somos? ¿Qué piedras, qué zarzas, qué cardos y espinos hemos de apartar de nuestra vida? ¿Cómo hemos de preparar nuestro corazón para que seamos tierra buena?
Hagamos el propósito de seguir sembrando sin ceder al desánimo. Hay demasiada tierra en la que sembrar y demasiada semilla que esparcir.
Pidamos ayuda al Señor.

