PREJUICIOS

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

Domingo 20 de Agosto de 2017

REFLEXIÓN

        

1.- El Pueblo Judío es un pueblo orgulloso porque es heredero de las promesa de salvación de Dios y se cree con el derecho de menospreciar y humillar a quienes no son judíos, diciendo que no tienen derecho  a la salvación porque además no conocen ni cumplen la Ley y todos los mandatos.

         A pesar de que se lo han recordado muchas veces los profetas, es un Pueblo que se olvida de que Jesús ha venido a salvar a todos los hombres, que para El no hay derechos excluyentes ni humillantes, porque sólo le interesa el fondo del corazón de las personas, su fe y su confianza en El. Eso es lo que ve en el corazón de aquella mujer cananea y alaba y se alegra de lo grande de su Fe. Una fe que mueve a Jesús a concederle lo que pide.

 

         2.- Con demasiada frecuencia nosotros somos como el Pueblo Judío.

*Nos consideramos buenos cristianos, pensamos que cumplimos con nuestras obligaciones y nuestras prácticas religiosas, nos creemos con derecho a la salvación, a exigir a Dios que nos conceda lo que le pedimos.

*Rechazamos y miramos de forma sospechosa a quienes no son como nosotros porque son de otro país, otra cultura, otra religión, o simplemente no cumplen lo que consideramos nuestras obligaciones y prácticas religiosas

*Ponemos barreras, creamos distancias, tenemos palabras y comportamientos que humillan. Tenemos muchos prejuicios que crean división, enfrentamientos y a veces situaciones violentas.

*No somos como Jesús. Nos falta misericordia, comprensión, respeto a los demás, bondad de corazón. No podemos ser como los discípulos que piden a Jesús que atienda a la mujer porque les molesta y así se marchará.

*Cuando nos damos cuenta de que somos así y debemos cambiar, puede ser que sigamos haciendo lo mismo porque consideramos que es muy difícil modificar nuestros hábitos y ser de otra manera. En ese caso nuestro modo de ser cristianos no afecta para nada a nuestra vida y una cosa es lo que decimos creer y otra lo que realmente vivimos.

Deberíamos ser como la mujer cananea: reconocer con humildad que no tenemos fuerzas, que no podemos cambiar, que aunque no lo merezcamos somos como perritos que confiamos y esperamos que nos hagan caso, y con profunda fe y confianza acercarnos al Señor diciéndole con insistencia: SEÑOR, AYUDAME!!!

 

3.- Reflexionemos un momento:

++¿Cuáles son nuestros prejuicios? ¿Qué barreras ponemos?

++¿Somos capaces de ver las cosas buenas de los demás?

++¿Qué debemos cambiar para atender a los demás con la misma misericordia que Jesús?

++Confiemos en la bondad y la misericordia del Señor y digámosle: Señor, ayudame!!

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