PENTECOSTÉS

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Domingo 20 de Mayo de 2018

REFLEXIÓN

          1.- La experiencia del Espíritu Santo fue tan intensa que los discípulos no sabían cómo explicarla; tan sólo pudieron transmitirla utilizando símbolos para que cada cual se dejara envolver por toda la fuerza de su expresión.

**El viento fuerte como un vendaval que arrastra todo lo viejo, lo inútil, lo inservible, para limpiarlo y sanearlo todo.

          Como el viento fuerte que hincha las velas y que empuja el barco a navegar a toda velocidad con un empuje irresistible.

**Un fuego que hace arder el corazón en Amor a Dios y a los demás. Que transforma, que purifica. Un fuego que hay que cuidar, alimentar y proteger para que no se apague.

 

          2.- Cada uno de nosotros necesitamos un nuevo Pentecostés porque en nuestra vida cristiana hay muchas cosas que van envejeciendo con el tiempo, hábitos, costumbres, comportamientos, actitudes, que no sirven para nada, que son un obstáculo, que quitan a nuestra vida novedad y frescura.

          Tenemos necesidad de alimentar y reavivar el fuego del Amor al Señor porque todo lo viejo lo va cubriendo de cenizas y lo va apagando, lo va oscureciendo, le va quitando brillo, de modo que no amamos a Dios con un amor apasionado hasta el punto de que no podemos vivir sin Él y vamos perdiendo la necesidad de regalar ese amor a todos lo que nos rodean.

          Necesitamos el viento fuerte que nos empuje a mejorar, a crecer en virtud, a amar a los demás con misericordia y compasión. Un viento recio que nos empuje a trabajar por la justicia y por la paz, colaborando en la construcción de un mundo más limpio y más fraterno.

 

          3.- Necesita un nuevo Pentecostés la Iglesia, que a lo largo de 21 siglos ha ido acumulando pecados por parte de todos nosotros y no sólo de la jerarquía, aunque son los que más se ven, pecados que desfiguran el rostro y el mensaje de Jesús que queremos presentar a los demás.

Necesita romper estructuras viejas que ya no sirven y que más bien entorpecen que la iglesia sea una gran familia en la que caben todos, en la que todos son tratados con cariño y con respeto, son escuchados con atención y se sientan tratados con la dignidad de hijos de Dios.

La Iglesia necesita el viento recio y potente del Espíritu para abrir las ventanas y las puertas, como los discípulos el día de Pentecostés, y salir para hablar sin miedo de Dios, de la presencia de Jesús resucitado, para regalar el Amor a manos llenas repartiendo sonrisas, abrazos, gestos de cariño y que la vida de cada cristiano sea un grito de alegría y esperanza.

 

4.- Oremos en silencio todos juntos como estaban los discípulos esperando la promesa de Jesús. Pidámosle que envíe sobre nosotros y sobre la Iglesia la plenitud el Espíritu Santo para que podamos vivir de acuerdo a nuestra condición de cristianos y no nos dejemos arrastrar por desordenadas apetencias humanas que son contrarias al Espíritu.

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