DOMINGO IV DEL TIEMPO DE PASCUA CICLO A
Domingo 7 de Mayo de 2017
REFLEXION
1.- Jesús se presenta ante nosotros como el Buen Pastor. Nos conoce a cada uno, nos llama por nuestro nombre, camina ante nosotros para guiarnos.
Camina también junto a nosotros acompañándonos y cogiéndonos de la mano para que no nos perdamos y sigamos por el buen camino.
Todos nosotros somos pastores, cada uno desde su vocación y desde su propia situación:
*Los sacerdotes presidiendo la comunidad que se le ha encomendado, guiándola por el camino del Evangelio, preocupándose por cada uno y ateniendo especialmente a los más necesitados y excluidos.
*Los Padres, guiando a sus familias siguiendo el modelo de Pastor que nos enseña Jesús para que cada familia sea una escuela de amor.
*Los catequistas, los educadores cristianos… todos aquellos que tienen la responsabilidad de cuidar de los demás y de acompañarles en el amino de la vida.
2.-Ser un buen Pastor es fijarnos en Jesús para seguirle y también para hacer lo que El hizo.
Si apartamos nuestros ojos de Él y nos empeñamos en seguir nuestros propios criterios, podemos fácilmente equivocarnos y destruir y destrozar la vida de los demás, especialmente de quienes nos han sido encomendados.
Así pues, tenemos la grave responsabilidad de preocuparnos de los demás teniendo en cuenta de que han de ser nuestra palabras, nuestros consejos, nuestras obras, nuestro comportamiento, nuestro ejemplo lo que ha de servir de guía para que quienes nos rodean sean mejores.
3.- Tampoco podemos olvidar que todos los que seguimos a Jesús, los que nos llamamos sus discípulos, formamos parte de su rebaño. Y como miembros de ese rebaño hemos de vivir unidos, apretados como lo hacen las ovejas aunque sean de distinto color y distinto tamaño, apoyándonos los unos en los otros y ayudándonos a mantenernos en la unidad y en la paz.
Ese era y es el deseo de Jesús que pedía y oraba para que todos seamos un solo rebaño con un solo pastor.
Demasiadas cosas han roto y siguen rompiendo la unidad de la Iglesia por culpa de creernos cada uno mejores que los demás, más fieles seguidores de Jesús, o deseando protagonismos, cargos y privilegios que no responden a lo que quería Jesús.
No nos lamentemos de esa falta de unidad cuando somos nosotros quienes la provocamos aunque sea en grupos y comunidades pequeñas. Seamos más humildes, no echemos culpas a los demás y oremos y pongamos de nuestra parte para ir construyendo la unidad y evitar enfrentamientos y rupturas.
Pidamos al Señor que la Iglesia tenga siempre los buenos pastores que necesita, se mantenga siempre unida en el amor y que nosotros vayamos construyendo la unidad dentro de nuestras posibilidades.

