VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B
Domingo 15 de Febrero de 2015
REFLEXIÓN
1.- En tiempo de Jesús la lepra era una enfermedad terrible. Incurable y contagiosa. Excluía y marginaba de la sociedad (debían vivir fuera de la ciudad y sin contacto con nadie) por miedo al contagio.
Y excluía también de participar en cualquier celebración religiosa porque se consideraba fruto del pecado.
Por eso era tan difícil entender y acepar que Jesús se acercara a los leprosos y se dejara tocar por ellos. Jesús se conmovía profundamente ante su sufrimiento, su soledad y su exclusión, y les ofrecía todo su amor y su misericordia; les curaba y les devolvía su dignidad de persona.
2.- El leproso de hoy no tiene miedo de acercarse a Jesús suplicándole: “Si quieres, puedes limpiarme.
Es una actitud humilde y confiada. Reconoce que su enfermedad le hace un excluido y un hombre sin dignidad. Pero confía sin límites en el amor y la misericordia de Jesús.
La respuesta de Jesús no da lugar a dudas: “Claro que quiero. Queda limpio”
Jesús le pidió que fuera al Templo a dar gracias a Dios y presentar su ofrenda, y le instó a que no lo contara a nadie. Sin embargo él publicó a grandes voces que estaba curado y quien lo había curado.
3.- Nosotros somos de algún modo leprosos e impuros espiritualmente.
Nuestro corazón está enfermo y llagado por el egoísmo, el orgullo, las ambiciones, la avaricia, la agresividad, la violencia, la mentira… Y deberíamos aprender de aquel leproso:
*La humildad: Reconocer nuestras llagas, nuestra lepra, dándonos cuenta de que podemos contagiar y hacer daño a los demás con nuestras actitudes y comportamientos, creando en nuestro entorno un ambiente que puede ser irrespirable.
*La confianza absoluta de que sólo el Señor nos puede curar y cambiar nuestro corazón. Presentarnos ante El suplicando: “Si quieres puedes limpiarme”, con la total seguridad de que El sí quiere.
*Tener un corazón agradecido.
*Proclamar y anunciar con entusiasmo y alegría todo lo que recibimos del Señor.
4.- Pidamos hoy en la Eucaristía la humildad para reconocer lo que hacemos mal, la confianza en que el Señor siempre quiere par nosotros lo mejor, que nos dé un corazón agradecido y la alegría de contar todo lo que hace por nosotros.

