FESTIVIDAD DEL CORPUS
DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A
Domingo 18 de Junio de 2017
REFELXION
1.- La Ascensión de Jesús a los cielos dejó en los discípulos una cierta sensación de orfandad: Jesús no estaba con ellos; había ascendido al cielo para siempre. Sólo con la venida del Espíritu Santo entendieron que Jesús no quiso dejarlos solos, que estaría siempre presente hasta el fin de los tiempos hecho pan en la Eucaristía como alimento de nuestra fe y garantía de su presencia amorosa en nuestro corazón.
Así lo afirma S. Juan en el Evangelio tal como lo hemos escuchado: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mi y yo en él”.
2.- Recibir a Jesús hecho pan es dejar que se haga carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Es aceptar que nuestra identificación con Jesús sea total y que nuestra vida se transforme radicalmente siendo nosotros Jesús haciéndolo visible con nuestras palabras, pensamientos, sentimientos y obras.
De ahí que participar en la Eucaristía no es asistir como meros espectadores a una celebración y quedarnos con la conciencia tranquila porque hemos cumplido, sino más bien tener una actitud interior:
*Que nos haga darnos cuenta de que estamos especialmente invitados a la mesa del Señor no sólo para recordar sino también para revivir la Última cena de Pascua de Jesús con sus discípulos en la que El les ofreció el pan y el vino como su Cuerpo y su Sangre.
*Que nos haga desear recibir a Jesús hecho pan para que sea viva e intensa su presencia en nosotros, nos una íntimamente a Él, que nuestro corazón sea siempre Suyo y que El mismo, hecho pan, sea el alimento que necesitamos para que crezca su vida en nosotros.
*Es ser conscientes de que la Eucaristía nos compromete a vivir como vivió Jesús, a ser como Él fue en su forma de pensar y de comportarse, y a amar a todos con entrañas de misericordia.
*Nos compromete a vivir unidos en el Amor formando la Gran Familia de los Hijos de Dios porque todos hemos comido el mismo pan y participamos de la misma vida, formando una gran familia.
3.- No podemos terminar la celebración de la Eucaristía como si nada hubiera ocurrido en nuestra vida. Hemos de volver a nuestras casas con la alegría de que nos llevamos con nosotros al Señor porque permanece en nuestro corazón y tenemos el compromiso de ser cada día mejores y parecernos más a Jesús.
Si así fueran todas nuestras Eucaristías no solamente serían una fiesta a la que deseáramos asistir con ganas y con ilusión, sino que además serían la fuerza que nos movería a cambiar el mundo.
Pensemos un momento cuál es nuestra actitud en la celebración de la Misa cada vez que venimos, y pidamos a Jesús que nos transforme y nos haga cada vez más semejantes a Él.

