HUMILDAD

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

Domingo 9 de Julio de 2017

REFLEXION  

 

            1.- Llama la atención que Jesús se llame a sí mismo humilde y manso de corazón, porque la humildad no es una cualidad o una virtud muy valorada en nuestra sociedad.

            ¿Qué es la humildad? Lo primero que hemos de tener en cuenta que ser humilde no es lo mismo que estar en una situación humillante.

            La humildad es una actitud, una manera de ser y de estar ante Dios y ante los demás.

*Ante Dios. Reconocer que Dios es grande y nosotros pequeños ante El; que de Él lo hemos recibido todo y solo podemos ser agradecidos.

            No podemos ponernos a su altura, ni competir con El, ni pretender saber más que El, empeñarnos en saber qué es lo que nos conviene y por eso no sólo le pedimos sino que le exigimos que haga nuestra voluntad, que las cosas sean como nosotros queremos y como a nosotros nos gustan.

*Una actitud ante los demás; ponernos a su nivel, a su altura, sin ser prepotentes, ni considerarnos mejores, ni decir que sabemos más, que tenemos más derechos.

            Reconocer nuestras limitaciones, carencias, debilidades. Nuestras equivocaciones, lo que hacemos mal y puede hacer daño a los demás.

            Reconocer las cualidades y las cosas buenas de los otros, que quizá son mejores que las nuestras; saber pedir por favor, dar las gracias, pedir disculpas y ofrecer lo que somos y tenemos por si puede servir y ser útil a alguien.

 

            2.- Sólo podemos ser humildes si, como también dice Jesús, somos pequeños, limpios de corazón, y no nos creemos sabios y grandes ante Dios y ante los demás.

 

            3.- Jesús también se llama a sí mismo manso.

            La mansedumbre es el equivalente a ser tranquilo, paciente, mantener la calma y crear en nuestro entorno un ambiente de serenidad de modo que nadie se altere.

La mansedumbre es fruto de la humildad.

Si observamos nuestra vida, quizá la humildad y la mansedumbre son virtudes que debemos cuidar y cultivar procurando dominar nuestro carácter, nuestros impulsos más primarios, nuestra agresividad, nuestros gestos y nuestras palabras violentas o demasiado duras, y procurar comportarnos siempre  con misericordia y con bondad.

 

En el silencio de la oración reflexionemos un poco cuál es nuestro comportamiento y nuestra actitud ante Dios y los demás.

Pidamos al Señor que nos enseñe a ser humildes y mansos de corazón.

            Y démosle gracias por todo lo que somos y tenemos porque lo hemos recibido de sus manos

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