VIGILIA PASCUAL-DOMINGO DE RESURRECCIÓN CICLO C
Sábado 20 de Abril de 2019
REFLEXIÓN
1.- El paso de Jesús en la tierra termina cuando su cuerpo es enterrado y el sepulcro cerrado por una enorme piedra.
Con Jesús han quedado enterradas muchas cosas. Emociones, sueños, proyectos, enseñanzas. Esperanzas que se veían no cumplidas dejando en el corazón una profunda sensación de fracaso. La convivencia y la entrañable amistad de los suyos dejando un enorme vacío. Quedaron también enterradas las falsas acusaciones, las humillaciones, los azotes, los insultos, las burlas…
Y brota la tristeza, el miedo, la incertidumbre. Se ven todos envueltos en una gran oscuridad. Y con una pregunta sin respuesta: ¿Y ahora, qué?
2.- Al llegar la madrugada del tercer día, todo cambia. Las mujeres que acuden con la intención de completar el enterramiento según la costumbre de los judíos, llevando los perfumes, los aceites y todo lo necesario, sin saber cómo van a mover la enorme piedra que cierra el sepulcro, quedan absolutamente asombradas y desconcertadas.
El sepulcro está abierto, la estancia vacía, la oscuridad transformada en luz, y una noticia: no busquéis entre los muertos al que está vivo. Ha resucitado como os había dicho. Anunciadlo a los suyos.
Los discípulos piensan que las mujeres están locas, les parece una noticia increíble y quieren comprobarlo por ellos mismos. Y todo lo que era tristeza, oscuridad y angustia, se convierte en una explosión de alegría y entusiasmo desbordantes.
Jesús ha resucitado. Jesús está vivo. Sienten la necesidad de compartir esa buena noticia con los amigos y seguidores de Jesús.
3.- A nosotros nos ha ocurrido lo mismo.
En el sepulcro de Jesús han quedado enterrados nuestros pecados, nuestra fe insegura, nuestras dudas, nuestros miedos, tristezas y desesperanzas. Nuestra inconstancia y nuestra inseguridad.
Si hemos recorrido la Cuaresma con espíritu de conversión y con el corazón abierto, también nos hemos llenado de luz, de vida nueva y de alegría porque hemos ido resucitando. La vida nueva de Jesús resucitado que recibimos como un regalo en el Bautismo, se ha regenerado, se ha fortalecido. La presencia de Jesús entre nosotros la hemos ido recuperando. Hemos recuperado la esperanza y la seguridad de que somos amados.
Por eso esta noche nuestro corazón rebosante de alegría y, como entonces los discípulos, necesitamos gritar y anunciar que Jesús está vivo, que ha resucitado, que está entre nosotros, que nos acompaña en nuestro caminar por la vida, que somos hombres nuevos.
Más aún. Precisamente hoy queremos renovar las promesas de nuestro Bautismo y comprometernos de nuevo a apartarnos de todo mal, de todo peligro, de todo pecado, cuidando y haciendo crecer la Vida de Dios en nosotros.
Hemos de renovar nuestra fe en Jesús resucitado, en su presencia permanente entre nosotros, y que juntos formamos esa gran familia de los hijos amados de Dios, enviados a construir un mundo nuevo, ese mundo que Jesús llamaba y sigue llamando su Reino, en el que esté presente la libertad, la justicia, el amor y la paz. Una gran familia a la que pertenecemos todos porque todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.
No perdamos nunca la alegría de la resurrección, ni el deseo de contagiarla a los demás, ni el compromiso de hacer que nuestro mundo sea el Reino de Dios.

