DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A
Domingo 15 de Octubre de 2017
REFLEXIÓN
1.- La parábola de hoy es el relato de situaciones muy parecidas que nos ocurren en nuestra vida.
Una boda, como cualquier otro acontecimiento importante, es un motivo de alegría que queremos celebrar y compartirlo con nuestros familiares y amigos. Invitamos a nuestra fiesta a las personas que más queremos y nos produce tristeza e incluso nos ofende que alguien rechace nuestra invitación con escusas que muchas veces son muy simples.
2.-El más grande de los acontecimientos de nuestra vida es la Salvación que Dios nos regala por medio de Jesús para librarnos del pecado y hacernos recuperar todos los bienes que hemos perdido a causa de él: La amistad con Dios, la dignidad de Hijos suyos, la alegría de sabernos amados siempre por un Amor infinito y sin condiciones..
Cada vez que celebramos la Eucaristía el Señor nos invita a su fiesta, una fiesta en la que recordamos y revivimos la última Cena de Jesús con sus discípulos, y el gesto de Amor supremo en la entrega de Jesús por nosotros, significado en el Pan partido y repartido para alimento de nuestra fe y como unión inseparable de nosotros con el Señor.
El Señor prepara esa fiesta con un Amor intenso y nos invita a cada uno como amigos íntimos. Muchas veces aceptamos con alegría participar de la Eucaristía con el deseo de estar con el Señor, alimentarnos con su Pan y estar unidos entrañablemente a El.
Pero también otras veces le ponemos excusas (estoy de viaje, estoy en el chalet, me voy al futbol, no tengo ganas…) en las que demostramos que no valoramos el cariño con el que el Señor nos invita y llenamos su corazón de tristeza y decepción.
3.- El banquete está siempre preparado y como en la parábola, nos pide que salgamos a los caminos para invitar a todos, a pobres y a ricos, incluso a los que no son sus amigos, a venir a la fiesta porque todos somos Hijos Suyos y todos somos amados por El. Esa es la tarea misionera que nos encarga a todos y a la que no podemos ni debemos renunciar.
Para participar en su fiesta el Señor sólo pone una condición: que tengamos una actitud de agradecimiento y que siempre nos sepamos amados por El. Esa es la fuente de la verdadera alegría.
4.- Participar en la Eucaristía, en la Fiesta del Señor, no para quedar bien sino con un gran deseo de estar con El porque nos sabemos amados, transforma nuestra vida, porque nadie nos quitará esa alegría y nadie nos quitará la Vida de Dios en nosotros.
Somos nosotros quienes con nuestra rechazo a la invitación o con una asistencia rutinaria o con la única preocupación de cumplir nos perdemos lo mejor que el Señor nos regala. El Señor no nos excluye, somos nosotros quienes nos excluimos.
REFLEXIONEMOS en un momento de silencio
** ¿Cuántas veces ponemos escusas valorando más otras fiestas que la fiesta del Señor?
** ¿Con qué actitud venimos cada domingo a la Eucaristía?
Pidamos al Señor que al terminar la celebración volvamos a nuestras casas con el corazón lleno de alegría.

