DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO
Domingo 11 de Octubre de 2015
REFLEXIÓN
1.- Cuando nuestra preocupación como cristianos es llegar al Reino de los cielos, casi seguro le hacemos al Señor la misma pregunta que el personaje del Evangelio: ¿Qué tengo que hacer?
Y la respuesta del Señor también es la misma: “Vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego sígueme”.
El personaje se fue triste porque era muy rico. Y ¿nosotros? ¿Cómo reaccionamos?
2.- Es cierto que de nuestro trabajo , de nuestros ingresos, depende nuestra familia y esa es nuestra responsabilidad. Pero ¿dónde está nuestro corazón? Si lo tenemos pegado al dinero y a los bienes materiales, no seremos capaces de tener la mirada de Dios. No sabremos agradecer todos los bienes que el Señor ha puesto en nuestras manos; pensaremos que son nuestros, de nuestra propiedad, y sólo estaremos preocupados de nuestro bienestar y nuestra comodidad.
No sabremos mirar con los ojos de Dios a los que no tienen trabajo, ni dinero, ni propiedades… Son tan pobres que no tienen amigos ni nadie que les haga caso. Por eso el Señor hoy nos recuerda que si no tenemos el corazón puesto en los bienes que duran para siempre, cuando llegue el final de nuestra vida tendremos que dejar todo lo material y sólo llevaremos en nuestro equipaje los bienes eternos: la sabiduría, la prudencia, la bondad, la generosidad, el amor y cuanto hemos hecho por los demás. Y para eso hemos de aprender a vivir con austeridad.
3.- Cuando escuchamos estas Palabras del Señor nos parecen duras y solemos buscar escusas y justificaciones que tranquilicen nuestra conciencia y no cambiar, olvidando muy pronto lo que nos pide el Señor.
Pero la 2ª lectura nos recuerda que Dios ve los deseos y las intenciones de nuestro corazón y que todo lo que somos queda descubierto ante los ojos del Señor aunque queramos ocultarlo.
En una crisis económica global y tan dura en la que vivimos, no podemos cerrar nuestros oídos a las palabras del Señor ni ser insensibles al sufrimiento de los que nos rodean.
Preguntémonos ante el Señor, con sinceridad y valentía, qué es lo que estamos dispuestos a cambiar y mejorar para llegar al Reino de los cielos.

