COMO EL PADRE ME AMA, ASÍ OS HE AMADO YO

DOMINGO VI DE PASCUA CICLO B
Domingo 10 de mayo de 2015
REFLEXIÓN
 
Seguro que los apóstoles, después de la Resurrección de Jesús, iban recordando todas aquellas cosas que Él les había dicho antes de ese gran acontecimiento de la resurrección: que todas sus palabras y sus gestos tienen ahora un sentido diferente y mucho más profundo.
Hoy hemos leído la continuación del evangelio del domingo pasado, en el que Jesús nos hablaba de la necesaria comunión con Él para poder dar frutos de buenas obras, lo mismo que los sarmientos han de estar fuertemente unidos al tronco de la vid para poder dar buenos y sabrosos racimos.
Pero el fragmento que hemos leído hoy es quizás todavía más importante, porque Jesús hace referencia a un mandamiento, a “su” mandamiento, el mandamiento del amor: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.”
Jesús no nos exige que amemos a Dios, sino que pide más bien que nos dejemos amar por Él, que dejemos que su amor fluya a través de nosotros y se comunique a nuestros hermanos.
Tal y como nos lo decía el domingo pasado con la parábola de la vid y los sarmientos.
De este modo, el amor de Dios brilla a través de nosotros y se manifiesta en los demás. Pidamos, pues, hoy al Señor que nunca seamos un obstáculo opaco de su amor.
Si a lo largo de estos domingos de Pascua en las homilías hemos ido buscando los lugares donde podíamos encontrar a Jesús vivo y resucitado, hoy podemos decir que amando a los demás es donde se manifiesta y se hace presente Jesús.
Por tanto, para nosotros, todo gesto, toda palabra y todo acto de amor se convierte en un gesto, una palabra y una acción que hace presente al mismo Jesús vivo en medio del mundo de hoy. Para nosotros los cristianos, el amor, así entendido, se convierte en nuestro distintivo inequívoco.
La gente debe identificarnos como cristianos por nuestro modo de vivir y de amar, como seguidores de aquél que nos ha dado sólo un único mandamiento, una única ley: amar a los demás, amar unos a otros.
Y estos gestos de amor en nosotros no deben ser gestos o acciones esporádicas y puntuales, sino una actitud continuada y permanentemente en nosotros; que esto, y no otra cosa es lo que hoy Jesús quiere decirnos al pedirnos que “permanezcamos en su amor”.
Cuando Jesús dice que debemos amarnos “como yo os he amado”, se refiere a su gesto máximo de amor, que es su muerte en la cruz “por nosotros”. Porque, como dice Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Quizá, gracias a estas palabras, la muerte de Jesús toma un sentido diferente, y la podemos definir como un gesto, como un gran acto de amor.
Así pues, si la Eucaristía es el memorial de la muerte y resurrección de Jesús, podemos decir que ahora, todos nosotros somos invitados a practicar el gesto del amor de Jesús que se entrega, por nosotros, en el pan de la Eucaristía, tal y como también lo hizo con su muerte en la cruz.

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