DOMINGO III DEL TIEMPO DE PASCUA CICLO A
Domingo 30 de Abril de 2017
REFLEXIÓN
1.- Después de la muerte de Jesús, los discípulos tenían una profunda sensación de fracaso. Todas las palabras de Jesús, los milagros, las promesas… parecía que no habían servido para nada. Ese era el estado de ánimo y de lo que hablaban aquellos dos discípulos que abandonaban Jerusalén camino de Emaús.
Jesús resucitado les sorprende, camina a su lado y sus palabras hacen arder su corazón, pero no le reconocen.
Jesús también camina a nuestro lado en todos los momentos de nuestra vida, pero nuestros ojos y nuestra mente no lo reconocen porque, como aquellos discípulos, estamos llenos de preocupaciones, dudas, desencantos. Sólo cuando escuchamos con atención las Escrituras y las acogemos en nuestro corazón, despierta nuestra fe y aumentan nuestros deseos de estar junto a Él y dejar que ilumine nuestra vida.
Ese deseo se transforma en una súplica: ¡Quédate con nosotros!
2.- Jesús acepta la súplica de aquellos discípulos, se sienta a la mesa con ellos, bendice el pan, lo parte y lo reparte. Los discípulos es entonces cuando lo reconocen. El pan partido y repartido es el signo del amor sin límites que se entrega hasta la muerte. Es el modo habitual como comenzaban las comidas con Jesús, y a los discípulos se les abren los ojos y el corazón.
Hoy y como en cada Eucaristía, repetimos el mismo gesto; el sacerdote, que representa a Jesús, bendice el Pan, lo parte y lo reparte. Es el gesto de Jesús que nos ama hasta el extremo y se nos da en comida para ser una misma cosa con nosotros.
3.- Los discípulos se llenan de alegría y regresan corriendo a Jerusalén para contar a todo el grupo su experiencia y transmitirles la alegría y la seguridad de que Jesús ha resucitado y ha estado con ellos.
Así debería ser par nosotros cada Eucaristía.
Escuchar con atención y acoger en nuestro corazón la Palabra de Dios para que se despierte nuestra fe y aumenten nuestras ganas y nuestro entusiasmo de reconocer a Jesús que camina siempre a nuestro lado, y arda nuestro corazón en deseos de estar junto a Él.
Al recibirle en el Pan Consagrado tomemos conciencia de que se hace una misma cosa con nosotros para que seamos Él, seamos Jesús, en todos los momentos de nuestra vida de modo que nuestras palabras sean sus palabras y nuestras obras sus obras.
Pensemos en un momento de silencio que cada Eucaristía nos compromete a ser como Jsús y pidámosle que seamos así siempre.

